El problema del placer
¿Me pregunto si en la vida nos pasa lo mismo?
Trabajando con personas que presentan diversas dificultades relacionadas con su sexualidad, he observado un denominador común en gran parte de los casos: una profunda dificultad para conectar con el placer, con la excitación y con la habilidad de compartir placer.
Independientemente de la problemática —“no puedo tener un orgasmo”, “pierdo la erección”, “termino demasiado rápido”, “siento que no me excito”, “me duele”, “no tengo ganas”, “tengo miedo a perder la erección”, “no logro eyacular”, “no funciono”— detrás de cada una de estas experiencias, muchas veces desaparece el componente fundamental de la sexualidad: el placer.
La percepción de problema, la sensación de que mi sexualidad no “fluye” como “debería” (sí, debería), se convierte rápidamente en un distractor que opaca el elemento central de la experiencia sexual: el goce. La interacción sexual se convierte en una zona de prueba donde lo importante es el “desempeño” (cual competencia olímpica). La ansiedad se apodera del momento y, cuando hay ansiedad, el placer, el juego, el humor, la curiosidad por explorar y aprender dejan de fluir. Es lógico: ¿quién puede disfrutar o experimentar con libertad en un ambiente inhóspito, o cuando sentimos que estamos a prueba?
Por otro lado, es comprensible que esto ocurra. Igual que con muchos otros aspectos de la sexualidad, hemos aprendido —a través de una educación sexual informal— que existe una jerarquía de prácticas y ciertas coreografías a seguir (que pocas veces podemos, o incluso queremos, replicar). Es decir, hemos aprendido que hay prácticas más “importantes” que otras y que existe una secuencia casi predeterminada. Por eso, cuando algo interrumpe esa expectativa, pareciera que no queda espacio para nada más. Si eyaculo antes de lo que me gustaría o pierdo la erección, ¿cómo continuar con la siguiente escena? De pronto, todo parece desmoronarse y resulta casi imposible imaginar otra manera de vivir y experimentar la sexualidad. Como si no existiera ninguna otra forma de conectar con el placer o la excitación.
Esto suele generar mucho malestar, vergüenza, ansiedad y, por qué no, también sufrimiento. Todos estos elementos terminan por bloquear la expresión de la sexualidad, afectando nuestro día a día y nuestras relaciones. Para quienes viven estas experiencias, puede resultar muy difícil reconectar con el placer y recordar que, a pesar de las dificultades, la capacidad de sentir goce, deseo y excitación sigue ahí. Todo se centra en el problema, en el desempeño, en el pensamiento, y la sexualidad se inhibe.
Cuando hablamos de diversidad sexual, también hablamos de diversidades en las formas de experimentar el placer. Poder transparentar esta idea y transmitirla socioculturalmente es clave, porque ayuda a poner menos peso en las dificultades y nos abre la posibilidad de pensar otros modos de conectar con el placer, incluso a pesar de ellas.
Por supuesto, muchas de estas problemáticas pueden abordarse en espacios terapéuticos. Sin embargo, un elemento esencial es volver a conectar con la capacidad de sentir y compartir placer. Recuperar la idea de que la sexualidad no es una tarea ni una prueba que debo rendir, sino un espacio donde puedo vincularme con mi propio placer y con el de las otras personas de diversas formas. Y que, independientemente del “resultado” o de la “coreografía”, si me permito sentir y compartir excitación, no tiene por qué salir nada mal.
Reconectar con el placer no exige perfección, exige presencia. Cuando dejamos de rendir y volvemos al cuerpo, siempre hay un lugar al que regresar: ese espacio donde el disfrute es siempre posible.